Mi columna en Revista Mola

Dicen que pasar de la niñez a la adultés es romper un cascaron. Entre los 10 y los 19 años somos eyectados a un mundo hormonal lleno de cambios físicos y temperamentales, la adolescencia. En esta etapa dejamos de tener una visión de la vida color de rosa, a tener una visión de la vida un poco más “adulta”,“real” o “cruda”, las historias ya no tienen siempre los finales que esperamos, Papá Noel no viaja en trineo, a Caperucita Roja no la salva el leñador y la Sirenita se vuelve espuma en vez de casarse con el príncipe.
En medio de la valentía de dejar de ser niño y pasar a ser adulto, en medio de todas esas emociones que vivimos, se encuentra el secreto de cómo vamos a vivir la vida. En plena adolescencia los juegos quedan circunscritos en los espacios artísticos, ahora nos toca ascender a la adultes, nos damos cuenta que la vida es una multiplicidad de escaleras con diferentes escalones y que vale la pena animarse a pasar por todos los que podamos.
La revolución hormonal, ese estallido, esa sensación de libertad, de inmortalidad, de despreocupación, que nos impulsa a enfrentar el ascenso, se choca de frente con los miedos, las incertidumbres y las dudas características del mundo adulto y de las responsabilidades. Nos empezamos a llenar de un montón de distancias, barreras o de excusas para justificar los objetivos que no logramos cumplir.
En esta etapa tenemos que aprender a ser buenos exploradores, a despojarnos de los miedos pero conservando esa mágica sensación de sentir que les vas a ganar, a conservar la adrenalina que tenés antes empezar una carrera. Despejándo los miedos, y todas esas cuestiones que lo que hacen es inhibirnos al momento de ascender, entendemos que cómo vivamos nuestra vida depende de nosotros mismos. Terminamos por darnos cuenta que las barreras que aparecen son muchas veces producto de ir subiendo, de estar en movimiento, de trepar, de no quedarse quieto. Porque cuando te quedas quieto no tenés inconvenientes, como bien dicen, no comete errores el que no hace nada, pero bien vale la pena moverse. Y en medio del movimiento nos damos cuenta que muchas veces superar un impedimento nos hace subir más de un escalón a la vez.
El ejercicio personal es enfocarse en uno mismo, considerando a los otros, pero cada uno tiene su propia maqueta para ir construyendo de a poco, con sus propios escalones.
La vida es moverse, es construirse, es usar los escalones, es cometer errores, es buscar alternativas, es salir de tu zona de confort. Es saber usar bien las fichas que tenes en el tablero, es buscar nuevas fichas, con la posibilidad de que pierdas el juego y tengo que empezar de nuevo. Es entender que la vida va cambiando y que nos tenemos que ir re adaptando, que es algo orgánico, algo que muta.
Y así aunque cueste, es mejor animarse a abrir la puerta para salir de nuestra zona de confort y ver cómo se despliegan todas esas escaleras. Las hay más empinadas, de madera, de hormigón, con forma de caracol, con o sin baranda, podemos elegir la que queramos, podemos elegir ir más allá de nosotros mismos, cada una te lleva a un lugar diferente.
Pero, ¿estamos preparados para salir de nuestra zona de confort? ¿Tenemos la mochila lista para aventurarnos a ser un poco más exploradores? ¿Pusimos los zapatos para escalar, la linterna para iluminar y la brújula para orientarte?

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