Y estabas ahí cuando me asusté.

Les comparto mi última nota en revista Mola, pagina 52

Hay un proverbio japonés que dice, mejor que mil días de estudio diligente es un día con un gran maestro. Y esto es lo que tendríamos que probar ser, grandes maestros en la vida, sobre todo en nuestra familia y con nuestros hijos.  

En un documental sobre un grupo de veterinarios que rescatan animales en cautiverio, producto de los cazadores furtivos, para prepararlos para retornar a la vida silvestre nuevamente, liberaron a un mono que no estaba preparado, estaba más acostumbrado a vivir en una jaula, nació en cautiverio. Los veterinarios sabían que Oliver corría más riesgos que los demás monos, pero decidieron soltarlo igual. Consideraron que era el momento para que empiece a vivir en la selva. Muy poco tiempo después, notaron que Oliver no pudo con la libertad, el GPS del cuerpo mostraba que se quedaba siempre quieto en el mismo árbol.
¿Es así, a determinado momento debes estar preparado para salir a la selva, no hay posibilidades de extender la adaptación para aquellos que necesitan más tiempo de cuidados? Oliver ¿no debería haber tenido un período más largo de adaptación, para absorber más recursos, la seguridad, antes de salir a la naturaleza por primera vez en su vida?
Ana, una niña de 4 años que a diario camina de la mano de su madre desde el portón del colegio hasta la puerta de su clase. Un día la niña decidió hacerlo sola. La madre la impulsó a hacerlo, pero fue detrás a escondidas. Sabía que durante esos 50 metros Ana podía dudar y la iba a necesitar. Cuando Ana se encontró sola a mitad del camino, se dio vuelta asustada y ahí encontró a su mamá.
Dos casos similares donde se tomaron caminos diferentes, con un pequeña licencia porque en el primer caso Oliver es un mono. Será que los veterinarios se equivocaron o acaso la madre de Ana la está haciendo dependiente de ella??
¿Cómo sabemos que nuestros hijos están preparados para salir al mundo, para tomar distancia, para dar un paso más?
Pienso en todos esos detalles en los que nos enfocamos como padres, la ropa, la comida, el colegio, los modales. Les irá mejor a esos niños que se sientan a los 4 años en la mesa y quedan tranquilos durante toda la comida? O están más preparados esos que llegan al colegio siempre con ropa limpia y bien peinados. O los niños que aprenden a escribir más rápido o dejan el pañal más rápido. Yendo unos años más lejos, la buenas notas en el boletín determinan que serán grandes profesionales?

Será que para ser buenos padres tenemos que ayudarlos a construir una verdadera y sólida seguridad? Una seguridad propia, que no busquen ni en la mirada ni en la aprobación de los otros sino la propia, esa seguridad que les dará la fuerza para decir aquello que quieren y a ser quienes ellos decidan. Pero, ¿cómo lo hacemos?

Días después Ana recordando el momento le dijo a su mamá, vos estabas ahí cuando me asusté.
Por ahí no hay una sola receta, y no sé si todos tenemos los mismos objetivos, es más cada religión, cada país, cada casa tiene un significado diferente de lo que es ser padres, pero creo que todos tenemos presente la imagen de un niño caminado de la mano con su madre. Es más, si cerramos los ojos y pensamos en esa escena en nuestra infancia, seguramente el cuerpo se llena de calidez. Deben haber pocos momentos más gratificantes para un niño como aquel en que en que estira su mano en busca de ayuda de su mamá y ella tiene su mano ahí, lista para dársela. Entonces, en esa mano seguramente encontremos la respuesta, donde dejamos el “yo” y pasamos al “nosotros”.
Es aprender a proyectar nuestra mano siempre más lejos de nosotros mismos, porque en esa extensión, cuando dejamos de ser singulares y pasamos a ser plurales, les damos la posibilidad de armar su estructura. Es ahí, en la fortaleza de esa mano, donde van a encontrar la seguridad para ser aquello que deseen y dar todos los pasos que quieran. Que siempre vamos a estar ahí para ellos sean eso que sean, con nuestra mano.
Busquemos encontrar un equilibrio “dulce” en en términos de amor, serenidad y fortaleza, mientras les damos las herramientas que consideramos van a necesitar en su vida. Nunca olvidemos de darles la mano, en la selva esa fortaleza es lo que más falta les va a hacer. Porque en esos momentos, en la intimidad del momento critico, ahí es dónde seguramente van a estirar la mano para buscar la tuya. Porque aprendieron que su serenidad es tu serenidad. Porque somos SU persona, somos ese alguien en quien confiar, con quien hablar, en quién apoyarse, y siempre vamos a ser esa persona. Es poder encontrar ese lugar. Porque van a buscarte a vos, a la calidez de esa mano y de esa mirada, y cuando armen su familia van a buscarte también y cuando ya no estes tu mano va a haber sido tan fuerte que van a seguir sintiendo el sostén.
No hay en el mundo una profesión que nos pida estar más atentos, más pendientes y más dedicados. Cuando busquemos una profesión que nos pida dar todo, es esta, pilotear el barco de tu familia.
Propongamonos entonces que nuestros hijos sientan que siempre, siempre los primeros pasos los damos juntos.

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